Taller Acuarela Bremen-Wistuba

Profesor Titular de Acuarela Avanzada en el Instituto Cultural de Las Condes. Gestor y profesor del Taller Bremen-Wistuba, que funciona en Ñuñoa (2010 a 2021) unos veinte alumnos de reconocido talento, sus acuarelas han sido exhibidas y galardonadas en frecuentes instancias. 

El taller ha seguido funcionando durante la pandemia durante 2020 y 2021 de forma online. Y los característicos comentarios que se vivían al final de las clases han continuado de forma virtual.

Pueden verse algunos a continuación.

Comento Cuadros del 27 julio 2021
¿ Atardecer o Amanecer?

Podría ser en Buenos Aires, Barcelona o Estocolmo, el sol saliendo del agua, asï parecen los elementos iluminados

 del primer plano (al este de Montevideo hay una puntilla donde se veía ponerse el sol como como en el Pacífico, (¡Este si que es acabo de mundo, no puede ser, alguien me dio vueltas el mapamundi! ; pero no era tal, el supuesto Atlántico era el Río de la Plata que se extendía largo hacia el oeste hasta un chato horizonte pampino confundido con las aguas) (Recuerda la magnífica película brasileña "Orfeo Negro", que privilegia imagen sobre relato).  Esas matas espinudas y agresivas de dunas inclementes parecen más estar nerviosas por el devenir del día que por el tránsito lúgubre a la noche. Más que eso, pueden ser dos actos traslapados en el tiempo, se viene encima la noche desde un techo de nubes implacables y por debajo se mete la aurora para toparse ambas en el horizonte. Un enjambre de nubes aplastantes, imperiosas, con oscuros carbonliferos (o petrolíferos) que apenas dejan infiltrarse los tintes cálidos desde esa ceja de luz cobriza que aloja un sol enrabiado porque apenas lo dejan mirar para atrás, mientras ilumina aguas, arenas y plantas y cuyos rayos de un amarillo electrizante se funden con los del otro sol que se mete por debajo, se avalanza contra el tránsito y se encandila en un caos que ensombrece los reversos cóncavos y oblongos de las olas con pinceladas de monótono estirar sobre una mar lechosa de tanto brillo y tanta energía luminosa, y fluye por la playa hasta las matas esparciéndose entre ellas como cósmicos meados nitrogenados de sendos dioses vengativos en torva confrontación. Se replican las nubes redondeadas y desparramadas en las  desgreñadas plantas de la playa y en el montículo  de la izquierda. Cuadro de una inquietante atmósfera de invisibles bichos zumbantes y escamosos, de plantas hirsutas, puntudas y ponzoñosas, y de una soledad de siglos silenciosos e inclementes, profunda soledad entre luces destempladas, soledad encandilante.

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Lago  Sureño
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Cuadro negro renegrido, el pintor una vez listo el cuadro lo encontró desabrido y le metió brocha con un barniz humoso, de color arratonado, impregnado de aceites quemados mezclados con conchos de grasa consistente, esparcido con guaipes inmundos y espolvoreado con cenizas y lejías piñiñientas (de piñén, voz y concepto amerindio), se salvó del barniz mugriento la mitad del cielo y la punta del cerro. El estado de ánimo que ni siquiera da para melancólico o depresivo, es más que eso, el pintor ni suspira ni transpira ni menos se queja, languidece como un lagarto de sangre fría y aliento sordo, y así pinta un cuadro tremendamente armónico, en una composición tradicional de paisajes wistubianos de sureña nostalgia. Un cielo de un blanco con alguna mácula para que destaque la nieve inmaculada y topándose con el negro más negro del cuadro, ese bosque pinoso de la izquierda en un audaz atrevimiento, que sin embargo se equilibra con la esquina de abajo a la derecha del primer plano, el primer plano de plantas hirsutas en que el pincel hace gala de representación realista en una proposición de colores que incluye pajizos luminosos y unos cálidos bien metidos y en prudente dosis para que no alcanzen aperturbar el tinte abatido de la atmósfera. En la esquina inferior izquierda un cogollo de hortiga ponzoñosa que enriquece este primer plano dejando una interrupción que deja meterse las aguas hasta el paspartú con buen acierto. Siguen esas aguas que parecen profundas y tranquilas, nunca pantanosas a pesar del color, manejadas con pinceladas de expresiva horizontalidad y colorido sutilmente variado que va recogiendo las gamas del resto del cuadro, pero trocando la morfología vegetal y tectónica en contrapunto con la planicie de líquidos lentos y ensombrecidos. Desde la atractiva costa marcada con buena mano, articuladora sigilosa del cuadro, una postal con volcán nevado y faldas chorreadas por volcánicas lavas, puesto bien al medio, y dos colinas convergentes que se entrecruzan y que se diferencian, la de atrás de la adelante más por a luz, no tanto por su morfología, Esas ondulaciones cubiertas por selva esmirriada y peladeros pobres, manejados con destreza y sin regatearles presencia a las aguas. Destaco el horizonte en la parte nevada, visualmente integrando cielo y nieve en la ladera izquierda y contrastándola con el cielo color de eclipse en la ladera derecha, con una línea que se pintó sola en virtud de la asertividad que suelen brindar estos regalos del agua madre, dejando al pintor el mérito de no matarlas arrasándolas con su pincel verdugo. No han de vivir peces en ese lago sureño, tal vez un viejo bagre gruñón y pringoso que se fondea en el barro mimetizándose con el cuadro

Playa en invierno
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¡Qué buen título! Si bien podría ser una playa del Pacifico Sur durante una cuarentena invernal, no se puede dejar de invocar esas playas del Mar del Norte, del Canal de la Mancha, de los cuentos de Maupassant, o de los barquitos atiborrados de inmigrantes, gitanos, italianos, africanos o polacos a la Inglaterra prometida, o de los soldados rescatados de Dunkerke en precarias embarcaciones entre las bombas enemigas, o de esos añejos balnearios de los menos ricos que no podían ir al Mediterraneo pero que saboreaban el tímido sol de los veranos norteños con dignidad y en despilfarro en vetustos hoteles de medio pelo, en residenciales de acogedora simpleza, en casas familiares de veraneo con pretenciosa estampa, y ya en tiempos recientes, siguiendo la moda del camping, en atiborrados campamentos de tiendas apelotonadas en un carnaval de la promiscuidad y de una diversión más forzosa que espontánea, en esos marecitos caleteros, de costas a buen alcance, en contraste con nuestro Pacífico, de vastedades estepáreas, que en los inviernos a nada invitan, en que el encanto de la soledad, el descanso del frenético quehacer urbano entremezclado con estimulantes agresiones de la intemperie invernal, en ese medio urbano en desuso, como las ruinas de una salitrera, pero con la esperanza de renacer, de retomar la farándula veranuega, con sus encantos y sus miserias, con su irritante hiperquinesis. El cuadro, que mucho dice, tiene réplicas de inconfundibles paisajes, muelles vergarosos o vergarientos, amontonamientos de rocas en picadillo para defensa y contención, señoriales casinos de un adusto art decó más amarillento que blanquisco, un horizonte de edificios siguiendo la línea de la costa, de colores tirando a los blancos más que a tonos pasteleros, adornados por chorreaduras de humedad y aburridos en su letargada hibernación. Palmeras y palmerines oriundos de otras tierras (aunque aquí las hay autóctonas en la cercanía) (tal vez sean antenas enchuladas con flagrante hipocresía).  Al grano, a lo pictórico, porque es cuadro al fin y al cabo, aunque tiene una clara vertiente narrativa. Impresionista hasta la médula, como del siglo XIX, una composición sin transacciones, todo lo vibrante del cuadro en esa angosta franja horizontal de lado a lado, conteniendo un paisaje de urbanas realidades tiradas al cuadro con desparpajo y seguridad, tal como quedaron a la primera, con una honestidad que no tanto se acostumbra. De la franja antedicha parriba, los blancos que dominan todo el cuadro, marcan un cielo gaseoso, inmaterial, inexistente, un manchado de pincel gordo y acuoso, lo necesario, un vivo gris azulado por una esquina que por su arrinconamiento pesa poco y que se vincula al mar en la esquina opuesta. Bajo la franja, un primer plano que se fuga hacia un punto ficticio en precisa geometría, un abanico de cuatro franjas convergentes divididas por perfectas rectas, que sin embargo logran entrelazarse, confieren una perspectiva de pizarrón que arma espacialmente el cuadro, cada franja en su función. la del mar que conduce a las remotas Islas oceánicas con un tranquilo azul de matices delicados, una zona de espumas arrastradas que empalman mar y tierra, crisol de líquidos, sólidos y gases, de móviles fluidos y ásperos inmóviles. Luego la franja cambiante de tiempo en  tiempo, ora seca, ora mojada, que en este cuadro entrega con maestría la dinámica de las olas incansables lamiendo acompasadamente las arenas. Las negruras del bajo cuadro replican el manchado casi incoloro de la franja urbana, el cuadro tiene casi apenas dos colores, el azuloso matizado del mar y el amarilloso plano de las arenas, bien elegidos, no sólo por armónicos en sí y entre sí sino como expresivos de la narrativa y de la atmósfera de invierno arrastrado, pacífico y amable, de rigores soportables y letargias estiradas.

Comento Cuadros del 13 julio 2021
Luminosidad
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Clásico y barroco. Abajo clásico, arriba barroco. Como si pusiéramos sobre una columna jónica el pensador de Rodin. Aún asi. un conjunto armónico por contraste. Chasca de flores y hojas refundidas por la nebulosa de la acuarela por algunos trasluces en la parte baja por el lamparazo desde atrás que pasa más allá del tarro, superando el esquema de luz a un lado y sombra al otro del objeto floral, El ramillete inclina hacia abajo su follaje floral con bastante prestancia ante la gravedad y dispara a las nubes el ramaje de arriba fundiendo en acertada nebulosa, notable la sobriedad del colorido, ese mismo verde que se hace variado con las aguas y la pincelada, oscurecidas con pintas azules en un cuerpo central que arman espacialmente el ramo con el acierto de pespuntes blancos, algunos topándose sin fusiones con lo más oscuro del azul , Al llegar al frasco, una masa contundente del más oscuro verde sin rasgos azules que encaja bien y mete al frasco el desparramo de arriba, mostrando sumergidas unas patas flacas que no buscan anclaje pues la vítrea contundencia clásico-geométrica del vaso (aunque muy transparente) confiere suficiente sustentación para tan ingrávido sustentado. Destaco el colorido del fondo, de mancha ágil y colores bien elegidos para envolver y destacar un objeto de colores apagados avivados por pintas blancas salpicadas que aportan espacialidad a un todo más bien plano. Atmósfera tristona, nostálgica, pero de una madurez, una calma y una serena entereza envidiables.

Amanecer campestre
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La mensa pataleta, amanecer tras una noche de pesadillas, terrores y naufragios, se enfila un camino que trata de ser recto, con un orden de simetría bien campestre, en primerísimo plano dos champones de mata grande, una a cada lado, dos filas de pastos varios, una relativamente ordenada, la otra harto caótica, separando los potreros que no producen cosecha alguna, cruzados por un camino intermedio en que nadie pasa ni ha pasado ni pasará a recoger esa cosecha inexistente, camino que empieza a perder su simetría, que luego se recobra en esos dos árboles frondosos de tope, similares entre ellos, chascarrientos, el de la izquierda más sombrío en conjunción con el potrero de ese lado, el otro más luminoso, bajo éste y al mero centro del cuadro una mancha sanguinolenta que es protagónica (la regla del diablo), escoltada por débiles réplicas rojizas, la una bien a la izquierda y la otra bien abajo. Los descampados relativamente planos, de colorido revuelto, muy bien acuarelado, pura mancha que sin embargo algo dibuja, y un despliegue de luz y sombra muy atractivo que marcan una fallida horizontalidad de tumbos y tropezones que sin duda son resabios de las pesadillas recién sufridas. Detrás de todo, una franja de término más bien horizontal de caótica presencia y gran aporte artístico, pincel que despliega toda una sinvergüenzura auténtica y un desparpajo insolente, más que meritorio, la acuarela se presta para tales desquiciados exabruptos, esa franja de discordias, maleficios y rabietas ordena el cuadro en conjunto con los bordes paralelos del camino, elementos lineales en un desorden triunfante, Esos cielos de blancos tumultuosos que se vienen amenazantes hacia el observador, completan la atmósfera desesperante de un cuadro tan maldito como Rimbaud (de quién pude apreciar en Harar, al Este de Etiopía, una colección de fotografías familiares de los cuicos del lugar, de finísima inspiración (disponiendo de los daguerrotipos que se podían conseguir en ese confín del mundo a finales del XIX). pues también oficiaba de fotógrafo del pueblo entre sus negocios de diversos tráficos con que el poeta terminó su corta vida, renegando de su enorme poesía de adolescencia, y de su Francia natal).

Ramilletero
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Contracción de ramillete y lechero (el título). El mango del lechero, de añejo fierro enlozado, (que también se usaba como jarro para rellenar el lavatorio-mueble de alcoba, que tenía un depósito para los riles en la parte baja, y que permitía salir de la pieza a damas y caballeros de punta en blanco sin pasar por la sala de baños salvo una incursión furtiva al retrete, si es que no habían previamente dispuesto orines en la cantora o bacinica, del mismo fierro enlozado y de la misma asa negra del jarro), ese mango es a la vez un elemento pirata dentro del cuadro, y un acierto, pues introduce y bien metido un ente que identifica, equilibra y da gracia al que sin el mango sería un buen cuadro más no más. Destaco el follaje, su vibrante y suelta  espacialidad, la pata verde hacia la izquierda que equilibra al mango, el otro ramo verde que tapa parte del tarro incorporándolo al conjunto y definiendo que el lechero es opaco, no de vidrio. Los cálidos luminosos, bien pegados al follaje verdeazuloso formando una santa aureola que se entrelaza al ramillete, el cálido de abajo con una ligera nota cobriza, marca una luz diferenciada con la de las flores definiendo mejor el tarro, el que presenta una línea de borde inferior muy de fierro enlozado medio chascarriento y un casi inadvertido vínculo con el negro del mango pirata. Sutil sombra y reflejo que estabilizan y asientan al objeto.

Comento Cuadros del 07 julio 2021
Ensenada
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Destaco con entusiasmo la unidad de la pincelada, ese día el pintor andaba medio saltón, tal vez se tomó un café muy cargado, además de unitaria, muy suelta y muy variada, pero siempre manteniendo una virtuosa espontaneidad hiperquinética muy funcional a la acuarela, fíjense, en el cielo más acuoso, en el desorden picoteado del follaje, en los cerros diluidos de la izquierda, en las matas más explícitas del primer plano, todo muy bien diferenciado pero con esa impronta vibrante, Además brinda un colorido riquísimo y muy bien ensamblado, un cielo luminoso escoltado por múltiples adornos sombríos, a la derecha unos toques apenas cálidos que lo  pegan con el follaje, por arriba unas amebas colgantes que aportan mucha atmósfera con la virtud de no haber sido retocadas, en el horizonte un área nebulosa entre cielo y montaña, al medio una loma de empalme de de definición y color intermedio, una franja horizontal de oscuros de fina coloración que se mete detrás del follaje que se antepone por la fugaz concurrencia de insinuaciones claras y destacando su presencia con pincelada saltarina y cálidos activantes del ánimo, presentando una interrupción clara a pie de los árboles puente a los blancos del cielo como un embajador del firmamento en tierra, un primer plano que resume lo de atrás con un toque de alegría adecuado y necesario. Un cuadro en que el pintor supo detenerse a tiempo varias veces en el transcurso de la faena. Atmósfera bien lograda por el aporte conjuntivo de tantos elementos

Fluye de la cordillera
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No necesita decirlo el título, salta a la vista, el dinamismo descendiente de las aguas nivales desparramando energía  al encabritarse entre las piedras, que casi  casi cambian de puesto por la energía  montañesa que las arrastra, ciclópeas algunas, que vinieron arrasando con todo como pétreos elefantes enfurecidos, rodando estruendosamente sus cantos, sacando chispas al chocar entre ellas, otras más pequeñas, desgranadas, con una identidad cálida que recuerdan una impronta orgánica sin tenerla, indicando su origen en un único y singular ente geológico, o tal vez teñidas así por los orines del demonio o por haber atravesado ventisqueros emponzoñados con sangres de la tierra, o haber sido inundadas por untos minerales de alma rojiza traídos por el torrente. El blanco prístino de las aguas, que aún siendo el mero blanco del papel, se sale de éste con una fuerza dinámica increíble, apenas adornada por ínfimos toques lineales azulados que certifican su gélida condición, se vienen las aguas cantarinas bajando desde la izquierda y se derraman en un amplio recodo para llegar al valle y se entrometen al roquerío teniendo como blanca embajadora a una roca descolorida de caras planas (de un blanco que, al revés de los toques celestosos en las aguas ahora se ve cálido por su contigüidad con los rojizos), tal vez una piedra que por su altura no fue alcanzada por los afanes tintoreros del malulo y que mantuvo su pureza como la cabeza virginal de un iceberg ( no vaya a ser no más que quedó blanca porque al pintor se le olvidó pintarla). A la derecha, bien abajo, una piedrota marca el primer plano con la  mayor definición que le brindan unas chorreaduras, que podrían se la churretera de algún pajarraco (así como la blancura de la otra piedra pudiera obedecer a un cagadero del rey cóndor o de una bandada de bastardos buitres). En la rivera izquierda, la vegetación rastrera cordillerana, áspera, repuebla los pedregales tras la última crecida, aportando la presencia viva de un raconto ,en una plumada amarillosa que incorpora al cuadro una extemporánea marca bien encajada. En la esquina derecha de abajo volviendo al antedicho y contundente pedregón que replica los morados del cerro, marca un adelantado primer plano por el detalle de las chorreaduras. Morado a la izquierda, grisáceo a la derecha, comienza la franja sucesiva del cerro al cielo, siguen los verdes y los azules de acuoso artificio, de prístina e ingenua nitidez, hasta perderse en un cielo huidizo con un reservorio blanco-gaseoso que busca vínculos con las aguas del primer plano. Cuadro multicolor con una atmósfera que fluye, que canta desde los misterios andinos

Flores
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¿Y el tarro? Por fin nos desprendimos del tarro, no sé si enteramente conscientes o por un arrebato que le mandó -acertadamente- el tijeretazo por debajo. Así, sin frasco ni atadura alguna, las flores cantan victoria a todos los vientos (Señor director: no siempre es malo para la planta que se rompa el macetero)(se refería a la suerte de los exiliados). Flores locas, desparramadas, del mismo porte pero de personalidades contrastantes, como cabras de un curso de secundaria el día en que se sale a vacaciones, libres por fin del supuesto florero, el pintor, dentro de un orden que no se trasluce, saca brillo a su repertorio de las acuarelas, fusiones, luces, sombras, la mancha oxidada y la mancha violácea hábilmente entrelazadas en múltiples combinaciones que confieren profundidad espacial al derramado ramillete, y ese enjambre de tallos cual telaraña, con puntudas cuncunas de remarca verde oscura, de los que destaco ese del medio con silueta de dragón vegetal vigilando a las cabritas colegialas en desbande, y por último ese fondo más que bien puesto, en que los grises, por su juguetona movilidad superan su intrínseca tristeza, aportan al cuadro un trasfondo trascendente e impiden un frívolo e inconexo desparramo.

Mañana otoñal
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Romántico, tristón, un colage de múltiples paisajes empalmados en un todo armónico y un tanto fantasmal, legañoso, adormilado, con el letargo de salivas espesas en un despertar entre sueños y sudores de amanecer. En lo pictórico, vamos por orden porque es un cuadro rigurosamente ordenado con un método casi cartesiano, un cielo en que las aguas bajan tranquilas sin chorrear, se meten tras el cerro presidido por un pariente escoliótico del Manquehue, una cordillera (que apenas da para precordillera), pintada con uno o muy pocos pincelazos lánguidos y acuosos que después al irse secando fueron conformando (con buena suerte) las luces y los relieves de los abruptos peladeros cordilleranos, una guirnalda de pajizos que sigue la silueta del horizonte, tras una greca de eucaliptos más que de álamos (o de ambos) que parece prolongarse a diestra y siniestra con cierto orden menos riguroso, asentada sobre un matorral oscuro de invasivas zarzamoras en un polvoriento cerco seminatural de estos resecos paisajes del Chile central, paisaje en el cual  las reservas de unos palos blanquizcos, unos troncos, otros simples transparencias, van armando la greca (gran acierto expresivo),  En lo que hacia abajo y por delante, un potrerillo que alguna fertilidad podría brindar, y hasta haber recibido alguna vez la caricia de un arado o el abono de los bueyes, compartiendo horizontalidad con el camino rural por diestro pincel lograda, y un último elemento, disímil pero muy bien encajado, un champón espinoleñoso de envidiable fertilidad, estirando sus lanzas al pródigo sol y marcando lazos amarillos con el pajizo de más atrás, champón que entona lo letárgico del cuadro sin contrarestar demasiado lo soñoliento y perezoso de su transcurrir, y marca la profundidad con un asertivo y diestro pincelillo dibujante. Cuadro de silencios (apenas transgredidos por el zumbar de grillos y cigarras) y oblongas tristezas apacibles, para ponerlo más que en la estancia en el cuarto donde se rumia una buena siesta

Comento Cuadros del 10 de Agosto 2021
Playa Lacustre
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Visión desde un parapente a punto de aterrizar, va perdiendo altura, es de esperar que alcance a caer en el agua limpia, si caigo en ese pantano baboso me voy a embadurnar entero(a) y se me va a descuajeringar el parapente. Menos mal que es acuarela, si fuera óleo me sumiría en trementina. Cuadro de una soledad esteparia y de una quietud soporífera, ni viento hay, por eso debe ser que el parapente perdía tanta altura. Si no fuera por el rosadito aquél, sería además de una tristeza insufrible como en los spleen de Baudeleaire. (¡Los esfuerzos que tiene que hacer este buen cristiano para que el cuadro supere su apático aburrimiento!). Ahora en serio, la más simple de las composiciones, meritorio, un esquema de calzoncillo estirado sobre el horizonte, dos perfiles de cerritos chatos de parecida y escasa pendiente pero de distinto largo, meritorio,(de ser iguales de largos habría sido el colmo), poblados de una vegetación anodina, desnutrida, ni para pasto del burro, sobre la colina izquierda un horizonte paralelo, tal vez nube, tal vez un cerro lejano, que resuelve muy bien el empalme de los dos triángulos tendidos, dejando un portezuelo abierto, pero insinuando una conjunción de fondo infinitamente lejano. Tras la supuesta montaña paralela se vislumbra otra, un ente entre nube y cordillera muy acorde con lo acertadamente anodino del cuadro, meritorio, algo comparable en la colina de la derecha, su junta con el cielo imprecisa. Las nubes siguen los ángulos de las pendientes, en una danza lenta que armoniza un notable surtido de blancos y alguna pinta de gris que arman la atmósfera cóncava que recibe al parapente, necesario el rosadito que maquilla las mejillas de esa cara verde de tuberculosis agónica. En primer plano, lo mismo con el celestillo que marca una cierta limpieza en un lago de buena horizontalidad con pincelazos indicativos de un sordo pantano o de aguas bajas de una inmundicia latente. Cuadro de grandes equilibrios, pinceles y  colores templados, atmósfera agobiante, de una sobriedad irrestricta (y capaz que un tanto exagerada). Se entiende la horizontalidad tambaleante por la inestable visión desde un parapente, de fácil arreglo acomodando un pelo el paspartú

Cielo furioso
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Cuadro sin aguas tibias, (arriba-medio-abajo). Lo que podría ser el valle del Nilo, arriba un cielo tormentoso de barroco dinamismo, el sátiro Monsieur le Vent corretea a las nubes-doncellas multicolores (fríos blancos, grises y azulados más algún toquesillo terroso que los ablande), para que la fruncida Mme la Pluie no retenga las gotas y las suelte copiosamente sobre el sediento Sahara. Torbellinos atmosféricos de impronta gaseosa que cargan su negrura a la derecha compensando a un primer plano de enrojecida furia en la opuesta ubicación. Justo al medio, una marca horizontal de lado a lado subrayada por una línea clarita, derechita, también casi de lado a lado, una greca secular, de pinceladas con aplomo imperativo y certero, gran acierto. Sobre ella, un horizonte feraz producto de los generosos limos que trae el Nilo de las montañas lluviosas del África Central en la que brotan árboles frondosos y al parece hasta pirámides, gracias al pródigo cauce que nos envían los dadivosos dioses. Por debajo, el vasto desierto, de unos cálidos electrizantes, la mancha naranjosa sobre la rubia arena, muy bien empalmada al borderrío y trazando al menos dos siluetas que dibuja el capricho del agua que va dejando correr libremente el pintor, señalando la huella del término de sucesivos desparramos de las inundaciones que ocurren año a año (bien detenido el pincel a tiempo), Un primer plano de incendiaria llamarada, delirante, muy adelantado, propiciando así una profundidad acorde a tan macro-geografía, adornado a último momento con unas matas rudimentarias rasguñadas por encima con rasposos trazos que aunque no tienen réplica en el cuadro, su concurrencia es necesaria para definir la escala de este primer plano encendido, tal vez sean esas mechas tiradas a la rastra por un pincel escuálido, tieso y medio desplumado untado en los restos de sangre que quedaron en la cicatriz de la oreja cercenada del pintor, insigne pintor oriundo de los Países Bajos y arraigado en el mediodía francés al que este cuadro debe alguna gratitud y reconocimiento

Albilila
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Hermoso título el inventado, tal vez una grácil danzarina del vientre o una sirena melancólica renegando de su escamoso caudal. No sé si la foto distorsiona en algo el color, ese morado de stencil, de tampón, de ciertos calcos dactilográficos de antaño, de primitivos mimeógrafos, que le quitan frescor y dulzura a las frágiles florecillas de la pradera, un ramillete de campo, presidido por la reina flor que nos mira de frente, escoltada por un par de princesas casaderas que aguaitan desde atrás, luciendo las mismas virginales organzas de su majestad y el medallón de oro al medio-medio, envidia de las cortesanas blancuchas del ramillete, deleite de los esbeltos pajes portando amarilos estandartes, (olvidado el orgullo humilde de la plebe que quedó en el prado sin recibir el honor de ser seleccionada en sacrificio para la liturgia real), y una mancha central de fibrosas y aterciopeladas negruras imperiales que une triunfante a las cortes al superponer a los monótonos liláceos unos verdes fibrosos, incidiosos,  generando los brillos de la obsidiana. de la feroz pantera, de cuervos y tordos relucientes, de escarabajos estíticos, avispas viudas y tornasolados ciervos volantes,. En lo pictórico, ese ramillete es uno de los dos cuadros, que se bien encaja en fusiones periféricas con el otro cuadro, el del fondo-piso y del frasco-frasco que se extiende de paspartú a paspartú, con un fino colorido. aguas mil, un quiebre entre fondo y piso que apenas se vislumbra en una pincelada ácida, réplica de las espigas amarillas de por allá arriba, y ese frasco tan frasco y su fiel reflejo, de vidrio-vidrio, limpio (al menos por fuera), conservero veraz (sin tapa, para meter los tallos de las flores, que de los lilas se enverdecen al mojarse, ese frasco cuya transparencia nos hace imaginar la calidez del color (y hasta oler y saborear sus efluvios) de las oblongas papayas apelmazadas sumidas en dulzones jarabes depositarios de los resecos valles nortinos, que alguna vez contuvo antes de reciclar hacia la silvestre flora su función original.

Comento Cuadros del 24 de Agosto 2021
Solitario
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Se le saca partido al grano algodonoso del papel, Cuadro voluntarioso, el árbol es el único protagónico, el emperador del cuadro, cuanto a su alrededor se extienda, ante su pie se extienda, se adaptará a su capricho, se subordinará a cualquier destello que no sirva para ensalzar la figura noble del pulento. Un arbolillo arrasado, endeble, que asoma cabeza con digna reverencia y orgullosa dulzura de las calamidades que hubieron de arrasarlo, incendios que ennegrecen suelos y pedruzcos, ventiscas blancas de nieves y granizos, plagas de voraces langostas implacables, avalanchas cruzadas, huellas de metálicas tropas silenciosas y  desvencijadas caravanas invasoras, lluvias secas de humos urticantes, quemantes cenizas calcinadas, el héroe surge de las tierras apelmazadas, resecas tierras guarida de termitas incesantes, zumbantes bandadas de estíticos murciélagos transparentes que derraman sus heces destellantes y sus ventosidades apestosas, enjutos mastines cancerberos que cada vez que pasan se pichan en el sufrido tronco, así el emperador resurge una y otra vez, renueva su leñoso follaje de espinas grises y de hojas que nacen secas y desaparecen al instante, un emperador que, endeble pero roble, se ancla con mágica certeza en un suelo de piedra verde. Dastaco  la leñosa, rústica pincelada de los troncos. la trama de grises que fijan contrapunto con los troncos, una floración de barbas canas, de legañas, de telarañas envolventes, de semillas fétidas y resecas incapaces de germinar, unos suelos que confunden su ondular, de verdes. azules, blancos y algunos matices carboníferos entre los blancos de nieve sucia o tal vez de calcáreas tierras no metálicas que en lo pictórico se enlazan con el árbol acusando al emperador de su origen mineral, esa blonda cerril que marca un horizonte de ingrávidas montañas, se interrumpen tras el follaje del árbol en una atractiva y bien lograda omisión que en una primera mirada pasa piola y al llegar a la derecha presenta un montículo aguachento de fino pincel, en una chispa de liviandad y alegría, que es opacada en contundencia por ese cielo estéril, en buena parte responsable de la devastadora atmósfera imperante. Cuadro con alma, grande alma, sufriente y resignada, pincel austero y fuerte carácter expresivo.

Café de grano
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¿De grano o de caca de ratón? (en Bali, Indonesia, se encuentran unos carnívoros arborícolas que suelen tragarse granos de café que no son capaces de digerir, los que son recolectados y supuestamente "asepsiados" tras haber completado el tránsito digestivo, constituyendo una "delikatesen" local).  Al cuadro le sobra lo que vendrían a ser los granos, es un elemento intruso en el cuadro, la antítesis de lo pudiera haber sido adecuado. No da la escala, a su lado pudiera parecer un vaso de café de medio litro, una caña de cervecería, o un vasito de mesón de suburbio para servir un guallollo (voz venezolana para definir un cafecito en la barra, simploncito). Claro, si las unidades de grano hubieran sido como papas (cangallas de búfalo), el vaso se habría visto chico como para un ristreto, El color del grano, pobre, amortiguado, opaco,(hasta parece foto en blanco y negro metida a la fuerza en un cuadro multicolor), sin luz alguna que destaque el rico volumen de un conjunto granoso, y sobre todo el no haber aprovechado el vínculo virtuoso al relacionar el colorido del grano con el colorido del líquido, en su transparencia tras el vidrio o en su rica espumosidad en la superficie abierta, para dos elementos que entrelazados, (no uno a cada lado del cuadro  y bien separaditos manteniendo distancia social para evitar contagio). Lo que le produce a uno impaciencia (entre fastidio y risa) es el haber desperdiciado una buena idea para un cuadro, un tema de por sí de gran potencial pictórico y disfrute de una gama de colores y texturas muy propios de la acuarela. En fin, el frasco (notoriamente orejón, lo que no es crítica), la sobria expresión del líquido buscando realismo y bien aprovechando la magia sugerente del café y sus aromas, un certero arrastre vertical de un pincel secón en el café tras el vidrio, vidrio que en cambio muestra un vaso tal vez demasiado perfecto en su geometría industrial, sin que contribuya mucho a dar alguna escala entre tacita y jarro shopero, y con el semi clandestino recurso de dibujar encima con untos bastardos, cosa que en un buen cuadro sería bastante perdonable. El fondo, bien, gama de colores manejada con atino, inclusión de dos rectángulos temblorosos, uno vertical junto al borde derecho y otro en la esquina derecha abajo, aportan una marca de modernidad y soltura. Podría generar un muy buen nuevo cuadro con estas ideas, pero por el momento, harto malón con el favor de Dios y el perdón del diablo.

Comento Cuadros del 31 de Agosto 2021
(pendiente los anteriores, me apresuro a comentar estos por si no paso agosto, aunque soy inmortal de por vida)
Macetero nuevo
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Demasiado nuevo el macetero, desentona por nuevo. ¿de plumavit, o de greda pintada? No es que tenga prejuicio contra los maceteros flaite, pero el blanco, único en el cuadro, no pertenece al cuadro, si pretende fundirse con el fondo para no competir con las flores, está lejos de lograrlo. Si fuera transparente sería materia de fácil despacho, pero siendo opaco (cosa que se impuso el pintor) se debe extremar la expresión en busca de una textura, un colorido, una pincelada  que, manteniéndolo opaco, lo meta al cuadro. Allá el pintor como lo haga. En todo caso no estoy sugiriendo transformarlo en un tarro de vidrio, sería una fácil y bastarda solución. Salvo esto, el cuadro es de una austera armonía, unas hojas explícitas anclándose con sentido realista al macetero mediante una sombra asertiva, sobre estas hojitas una mazamorra verde oscura que sostiene y arma al conjunto floral, conjunto que maneja muy bien la masa total como un todo pero con la demarcación de cada flor, circunstancia que ayudan a definir la flor satélite de arriba, rebelde (el tallo desafíante), y la flor satélite de abajo, sumisa (se achaparra y el rojo se amorata de vergüenza)  ante el imperio de la patota que se apiña en un afán gregario, desplegando un colorido lleno de gráciles matices de gran riqueza dentro de un patrón homogéneo, manejado con un trabajoso pincel, que con poco contraste de luz, logra una volumetría de excelencia.. El fondo, adecuado al cuadro (el que no se armoniza es el color del tarro, no es culpa del fondo). Destaco una sutil línea horizontal a un sólo lado cortando el fondo, confiriéndole cuerpo espacial y suficiente asentamiento al vilipendiado tarro de tan prístina y pobre blancura.

Cumbres gélidas
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¿Mar o montaña? Colorido eclesiástico, como en tránsito al cielo, hábitos de monjita novata, sotanas desteñidas de cura tirillento y desastrado, o tal vez la tela satinada de una sotana elegante (con forro interior como si fuera traje mundano de casimir forrado en seda), Cuadro que degrada los grises metálicos de un cielo brumoso y tranquilo con tintes violáceos que más entristecen que alegran, hasta unas barreras abruptas de blanco nival (o de espumas a medio congelar si es que no es un cerro sino la mar), marcando un ritmo direccional con pinceladas terrosas dando realidad al manto de blanco puro de sospechosa alquimia, más abajo una marca de color y textura extraña, viciosamente atractiva y de muy rica expresión, mezcla de violetas, tostados y hasta sanguinolentos matices, épicos adalides de guerra en un cuadro de paces arrastradas que se van consolidando en el bajo cuadro en esos grises liláceos y anémicos que terminan acentuando la marca agobiante de ir descendiendo de izquierda a derecha que da amplia garantía al observador de un pesimismo estructural irremontable, las diagonales descendientes sin asomo de rebeldías en contrario lapidan el débil efecto animoso que pudieran aportar las picachudas pinceladas de ese blanco sin mácula (o con clandestina mácula subrepticia) en el medio cuadro. Cuadro de penitencia, que entristece con resignación, en un logrado ejercicio en que la insuficiente gordura del papel contribuye a que ese cielo aporte cierta gracia por un tenue descolgar vertical siguiendo los pliegues, que felizmente justificaron y premiaron la avaricia del pintor. 

Paisaje Rural
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Se me hace que he visto este cuadro anteriormente. Abigarrada paleta de mil matices, sin exabruptos pero con toques de sólido aplomo, sin escabullir confrontaciones arriesgadas, todo con un manejo espacial del paisaje que convence, casi sin depender de la luz para su logro, luz más bien ambigua que, al no ser funcional a la conformación de los espacios, exige al pintor definirlos prácticamente con puros recursos morfológicos. Ese blanco lácteo del cielo (lácteo descremado) que se encaja como un ventisquero ingrávido sobre el cuadro, adornado por una nube caprichosa más de hollín que de carboncillo, una galactea puntillosa que no ensucia el firmamento, aportan una magia que pasa piola, que enfría un cuadro de naturaleza cálida y perfil bucólico, confiriéndole un hálito de cosa plana, de una arpillera multicolor, de un mosaico decorativo. Un primer plano de mieses horizontales de audaz colorido dominante. apaciguado por toques más tostados, por un blanquillo réplica del cielo y de los techos,  y una ronda de enanitos que protegen las casitas del cuento. Casitas que marcan la civilización con su geometría de líneas y planos perfectamente rectos, escoltadas por un despliegue arbóreo que se solaza en colores, en formas, en texturas en un conjunto admirable, multicolor, con gran manejo de oscuros y dorados, un simbólico arbolillo desprovisto de hojas se inclina integrando franjas disímiles desde el tronco hasta el último gancho, atrás un cerro sombrío. con algo de morado y del polvillo carbonoso de la nube. De las casitas, una sóla y bastante chicona las preside, concebida con cuatro pincelazos de color certero, las otras, tal vez el water y el gallinero, y más allá tras las matas algo entre micro y carpa, todo este conjunto unido por la geometría horixzontal y cruda de los techos blancos, unos nubosos claros a la izquierda quitan peso convenientemente al cerro de fondo. Cuadro de virtuosa y enciclopédica paleta sin blanduras ni rigideces